La primera vez que fui al Teide saque estas fotos con un rollo vencido. Me llevó Alfoncito en su carro, salimos del sur con sol y calor pegostoso y al ir subiendo la niebla se nos metía por las ventanillas, las gotas caían y el viento azotaba. Le pedí que nos paráramos en medio de la carretera para hacer la primera foto. Esa planta parecía una alga marina. Todo estaba húmedo, nunca había estado en un sitio así y hasta hoy siento que estuve en otro planeta. Jamás olvidaré ese día.

Mi abuela se llamaba Nivaria. Cuando estaba senil, luego de estar viviendo hace más de 60 años fuera de su isla, pedía que por favor la llevasen al Teide a jugar.

Hace unos años investigué de dónde venía su nombre, Nivaria, y se me quedó que ese era el nombre que los guanches le tenían al Teide. Pero hoy escribiendo esto lo busco y no encuentro nada. Pero si que Nivaria era el nombre que los romanos le tenían a la isla porque al llegar desde sus barcos lo que veían era la nieve blanquísima cubriendo el Teide. En latín «Nivis» es nieve y de allí nació Nivaria.

Mi abuela tuvo varios hijos pero solo una hija y la llamó Maria de las Nieves. Nunca la conocí.

Hace unos años, mi papá y mi tío esparcieron las cenizas de mi abuela Nivaria y mi abuelo Paco en el Teide.

La única vez que fui a una espiritista, me dijo que podía hablar con mi abuelo y que lo veía sobre una montaña alta, mirando hacía un valle. Y que allí podía volar entre guacamayas moradas y arcoiris. Él le recitaba palabras a la espiritista que luego ella me dio como un hermoso poema.

Mi abuelo murió unos años antes de mi abuela. Si pienso en el Teide hoy, los veo a los dos juntos allí, en ese pico lleno de nieve, jugando entre algas marinas, volando sobre las rocas volcánicas y escuchando el eco del Atlántico a lo lejos.

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